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Transcurrían
los años en que aún gobernaba Paraguay el general
Stroessner, hombre fuerte de un régimen cosechador de fama
poco envidiable. Y entre otros privilegios, se había reservado
el uso exclusivo de una inmensa isla ubicada en el medio del río
Paraná, con una gran población de ciervos de los pantanos,
frágil especie autóctona que, justo es decirlo, protegía
con justificado celo. Quiso la casualidad que durante una de mis
cacerías por el norte disfrutara de la hospitalidad de un
viejo amigo misionero, a la sazón ministro de Gobierno de
la provincia, que debía efectuar un vuelo sobre el río
que comenzaba a recibir el impacto ecológico de la represa
Yaciretá. Cámara en mano, los rollos se agotaban captando
tantas maravillas hasta que, permiso mediante, flotábamos
sobre la carpeta verde de la isla Talavera, engarzada como una esmeralda
gigantesca en el curso de agua y que, terminada la represa, quedaría
totalmente cubierta por las aguas. Divisamos ciervos de enorme cornamenta
y varios carpinchos que, corriendo sobre la engañosa alfombra
verde, descubrían brillantes espejos que se astillaban tragados
por los pajonales. Algunos machos al echar la cabeza hacia atrás
llegaban con las puntas hasta el anca. La geografía era peculiar,
una gran depresión central con una inmensa laguna cuyas aguas
tamizadas por el estero brillaban cristalinas y el terreno elevándose
suavemente hacia las costas, donde la vegetación conformaba
un anillo boscoso de sauces, espinillos y álamos apretados
en una selva umbría y aparentemente impenetrable.
La amistad del ministro con las autoridades guaraníes logró
el permiso para una breve estadía. Pronto estuvimos con Carlos
Tanoira, gran cazador y amigo, junto al rancho de quien sería
nuestro guía: un “tape” –como llaman a
los de baja estatura–, que mascullaba una jerigonza de guaraní
y español casi ininteligible y cuyo carácter destilaba
cordialidad y simpatía. Con solemnidad afectada leyó
la nota-presentación, y en instantes, ya que procedía
de la “autoridad”, se puso a nuestra disposición.
El rancho era sencillamente imposible, y esto lo dice quien ha visitado
los más dejados por la mano de Dios. Era un “mono ambiente”
que tenía en el centro un fogón cavado en la tierra,
desde donde se elevaba una fina columna de humo que se perdía
en el techo negro. En una prolongación indivisa se agolpaban
varios catres y colchones en lo que era la cámara nupcial.Haciendo
gala de mis dotes diplomáticas para rechazar sin resentimientos
un posible envite para dormir en el interior, argumenté que
nuestro placer sería pernoctar al aire libre, debajo del
alero del rancho y a la vista de las estrellas, teniendo en cuenta
que para la época del año las lluvias prácticamente
no existían y la temperatura era siempre benigna durante
la noche. Impulsando una presentación que don Talavera –Stroessner
lo había bautizado oficialmente con ese nombre– demoraba,
estrechamos las tímidas y lánguidas manos de las mujeres
que compartían el escenario, mientras el atardecer traía
un manto de paz infinita y el augurio funesto de que nuestro hombre
chupara más que una esponja. Un pequeño bidón
de tres litros de ginebra paraguaya que empinaba con frecuencia
alarmante, iba transformando la personalidad del individuo que,
afortunadamente, tenía “el trago pacífico”.
Como la cena transcurriría rodeando el fogón, única
fuente de iluminación junto con un candil cuya luz se parecía
a la de un fósforo, nos sentamos en unos tocones y desplegamos
nuestras vituallas mientras en una marmita tiznada por los años
se cocinaba un dudoso guisote. Carlos acomodó, a falta de
mesa y en medio de la penumbra, algunos panes frescos sobre un saliente
de la tirantería mientras abría un par de latas para
tratar de llegar a la “cena” sin apetito. Pero cuando
estiró el brazo para tomar un pan, interrumpió el
festín de una legión de cucarachas que literalmente
lo cubría, al tiempo que a la luz de la linterna alcanzamos
a ver a la bandada en retirada. Haciendo de tripas corazón
dejamos que la comida transcurriera en medio de un diálogo
de sordos, ya que los alegres chillidos y monosílabos de
las mujeres y un balbuceante Talavera, componían un espectáculo
surrealista. Pero como todo pasa, llegó la noche y tendimos
nuestras colchonetas a un costado del rancho. En el silencio nocturno
oíamos claramente a las vinchucas cumplir con su rutina lanzándose
desde el techo al piso sin escalas, lo que añadió
motivos para felicitarnos por haber esquivado la posibilidad de
dormir adentro. Si bien es cierto que muy pocos de estos insectos
están infectados y trasmiten el Chagas, no era cuestión
de desafiar al destino.
Al amanecer nos despertó el ladrido de los perros y el sonido
del hacha partiendo leña, con nuestro hombre asombrosamente
lúcido y sin vestigios ni resaca gracias a su increíble
capacidad para consumir alcohol sin más consecuencias que
un estado de obnubilación semi permanente. El rancho estaba
a metros del bañado, sobre el terreno seco que se elevaba
suavemente hacia la costa del río que corría a unos
doscientos metros, mientras el bosque que nos rodeaba formaba una
espesa selva tropical donde podían verse numerosos monos
caí que gritaban saltando de rama en rama acostumbrados a
la presencia de la familia. El sotobosque, que desde el aire nos
pareció impenetrable era bastante despejado y permitía
el tránsito sin mayores dificultades, por lo que no tardamos
en internarnos para disfrutar de las aves silvestres entre las que
predominaban enormes cacatúas, papagayos y loros de vivos
colores. Varias veces nos cruzamos con enormes comadrejas overas
que se perdían entre los arbustos y escuchamos el ruido de
animales grandes que como fantasmas se movían en las sombras.
De regreso encontramos a Talavera empinando el codo y empeñado
en que echáramos un trago que finalmente no pude despreciar.
Era para aprendices de lanzallamas. No sé cuantos grados
tendría el brebaje, pero sí que me dejó esterilizado
de por vida.
Al día siguiente comenzamos los preparativos para internarnos
en el pantano. La primera advertencia fue reemplazar los borceguíes
por zapatillas que ajustamos con un agujero en el contrafuerte del
talón por donde pasamos una piola atada por delante, y otra
debajo de la suela sujeta sobre el empeine. Deberíamos caminar
desde el arranque metidos en el pantano donde el barro succiona
el calzado que, si no está bien sujeto, se pierde. Con la
mochila al hombro cargada con toneladas de repelente y algo de comida,
entramos a la laguna. En instantes, la alfombra verde que desde
el aire parecía una campiña inglesa se transformó
en un infierno húmedo donde la pared de juncos competía
con la de mosquitos para impedirnos el paso. Con el agua fluctuando
desde los tobillos hasta las entrepiernas nos desplazábamos
detrás de Talavera que, extrañamente, llevaba al hombro
una caña tacuara de unos cinco metros de largo. De a ratos
se detenía reclamando silencio con la mirada y aprovechaba
para echar un trago del botellón que llevaba en la cintura.
Después de una hora de marcha que me pareció un siglo,
se detuvo señalando la espesura. Al dejar de chapotear en
el agua el silencio nos acercó el ruido inconfundible de
animales que se movían muy cerca, aunque la cortina verde
no nos dejaba ver más allá de tres o cuatro metros.
Tomé conciencia entonces que nuestras ilusiones de avistajes
eran sueños que jamás se harían realidad. En
medio de la momentánea quietud, Talavera demostró
para qué había traído la caña. Casi
sin ruido, la paró enterrando una punta en el barro y luego,
aprovechando los nudos donde había dejado los brotes como
escalones, trepó como un mono, y no es ni peyorativo ni exagerado.
En instantes subió unos cuatro metros para ver el panorama.
A menos de 20 metros tenía a una manada de ciervos con dos
machos. Bajó entonces para cedernos el lugar. Talavera había
trepado sin ayuda mientras que nosotros, que lo intentamos mientras
dos sujetaban la caña, al llegar al segundo escalón
dimos de traste con el barro. Volvimos a caer una y otra vez hasta
que, empapados, avergonzados y furiosos aceptamos nuestra derrota
ante las risas del paisano que no podía entender que no fuéramos
capaces de llegar siquiera hasta la mitad de la caña. En
resumen, con el bochinche y la charla, los ciervos se alejaron y
quedamos desconsolados. No podía creer que estando rodeados
de ciervos no pudiéramos verlos, lo que destacaba la protección
natural de que gozan. Con la imagen de Talavera meneando la cola
para mantener el equilibrio –ese era el secreto de la trepada–,
descansamos un buen rato hasta reunir el ánimo suficiente
y seguir adelante.
Con la derrota y el cansancio a cuestas, regresamos a la “mansión”
hechos un desastre, y luego de un baño en el río que
junto con la mugre se llevó un poco de nuestra tristeza y
cansancio, regresamos para compartir la tertulia frente al auditorio
femenino presidido por el “cacique” Talavera. Así,
entre dudas y sombras idiomáticas, nos enteramos que la familia
estaba compuesta por la mujer de más edad que era la madre
de la que la seguía y ésta la mamá de la que
había tenido a la bebita. Como en la isla jamás pisaba
otro hombre que no fuera Talavera, no fue difícil concluir
que el hombre era un semental que no respetaba pelo, marca ni parentezco.
También supimos de sus viajes cada dos meses hasta un poblado
a 30 km aguas arriba, que visitaba con precisión suiza: era
para efectuar sus trueques, centenares de cueros de nutria, lobito
de río, carpincho y volteos de cornamentas por una carga
completa de vituallas. Como la carne silvestre sobraba en la isla,
la mercadería adquirida se repartía un tercio entre
harina, grasa, fideos, polenta y algún embutido, y los dos
tercios restantes en botellones de ginebra. Así de sencilla
era la cuenta. Los cueros representaban centenares de dólares
y la comida apenas unos pesos aportados por el “turco”
que lo esperaba con los brazos abiertos. El largo viaje con la corriente
en contra demandaba dos días de remo y una noche de descanso,
que si bien se abreviaban notoriamente al regreso, no dejaba de
ser toda una proeza que tenía como premio una reserva segura
del preciado licor.
Así las cosas, como debíamos esperar un par de días
hasta la llegada del rescate, aceptamos meternos nuevamente en el
pantano, aunque con intenciones de pescar en la laguna plagada de
dorados, surubíes y pacúes prisioneros después
de las grandes crecidas. Era una forma de no volver “zapateros”.
El guía llevaba una caña con su sedal y boya preparados,
y nosotros sendos rollos de piola bastante gruesa, con un corcho
a manera de flotador.
La laguna no era demasiado profunda, ya que nos internamos bastante
sin que el agua nos llegara más arriba de la cintura, tratando
de acercarnos a los borbollones que se dibujaban en la superficie
que, por el tamaño, hacían suponer peces “¡así
de grandes!”. Los intentos se sucedieron hasta que uno de
ellos se produjo tan cerca que dejó ver el lomo que imaginamos
era de un surubí.
“¡Qué surubí!”, dijo Talavera, “es
una lampalagua”.
No terminó de decirlo cuando ya estábamos entre los
juncales despotricando contra el paisano que no nos advirtió
del peligro que, según él, no era tal ya que se trata
de boas inofensivas. Nos olvidamos de la pesca y retornamos, para
variar, otra vez derrotados.
En el camino, y como premio consuelo, nuestro guía abatió
con su vetusto rifle .22 a un par de patos enormes que más
tarde cocinó como los dioses, y el último día
de nuestra estadía , Carlos, guiado por el baquiano, se dio
el gusto de cazar un pecarí de collar con el rifle de Talavera
que, adobado, terminó en el horno de barro.
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