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Año XXXVIII | Edición 403 - ABRIL 2006 | Argentina
  NAUTICA  
  CAZA MAYOR  
  Talavera  
  Isla Talavera, en medio del río Paraná, fue el escenario exótico y misterioso para una cacería que culminó con un intenso sabor a aventura.  
  Textos: AGUSTIN MARONNA. Fotos: ALFREDO NARDINI. Infografía: Gabriel Magnone  
     

Transcurrían los años en que aún gobernaba Paraguay el general Stroessner, hombre fuerte de un régimen cosechador de fama poco envidiable. Y entre otros privilegios, se había reservado el uso exclusivo de una inmensa isla ubicada en el medio del río Paraná, con una gran población de ciervos de los pantanos, frágil especie autóctona que, justo es decirlo, protegía con justificado celo. Quiso la casualidad que durante una de mis cacerías por el norte disfrutara de la hospitalidad de un viejo amigo misionero, a la sazón ministro de Gobierno de la provincia, que debía efectuar un vuelo sobre el río que comenzaba a recibir el impacto ecológico de la represa Yaciretá. Cámara en mano, los rollos se agotaban captando tantas maravillas hasta que, permiso mediante, flotábamos sobre la carpeta verde de la isla Talavera, engarzada como una esmeralda gigantesca en el curso de agua y que, terminada la represa, quedaría totalmente cubierta por las aguas. Divisamos ciervos de enorme cornamenta y varios carpinchos que, corriendo sobre la engañosa alfombra verde, descubrían brillantes espejos que se astillaban tragados por los pajonales. Algunos machos al echar la cabeza hacia atrás llegaban con las puntas hasta el anca. La geografía era peculiar, una gran depresión central con una inmensa laguna cuyas aguas tamizadas por el estero brillaban cristalinas y el terreno elevándose suavemente hacia las costas, donde la vegetación conformaba un anillo boscoso de sauces, espinillos y álamos apretados en una selva umbría y aparentemente impenetrable.
La amistad del ministro con las autoridades guaraníes logró el permiso para una breve estadía. Pronto estuvimos con Carlos Tanoira, gran cazador y amigo, junto al rancho de quien sería nuestro guía: un “tape” –como llaman a los de baja estatura–, que mascullaba una jerigonza de guaraní y español casi ininteligible y cuyo carácter destilaba cordialidad y simpatía. Con solemnidad afectada leyó la nota-presentación, y en instantes, ya que procedía de la “autoridad”, se puso a nuestra disposición.
El rancho era sencillamente imposible, y esto lo dice quien ha visitado los más dejados por la mano de Dios. Era un “mono ambiente” que tenía en el centro un fogón cavado en la tierra, desde donde se elevaba una fina columna de humo que se perdía en el techo negro. En una prolongación indivisa se agolpaban varios catres y colchones en lo que era la cámara nupcial.Haciendo gala de mis dotes diplomáticas para rechazar sin resentimientos un posible envite para dormir en el interior, argumenté que nuestro placer sería pernoctar al aire libre, debajo del alero del rancho y a la vista de las estrellas, teniendo en cuenta que para la época del año las lluvias prácticamente no existían y la temperatura era siempre benigna durante la noche. Impulsando una presentación que don Talavera –Stroessner lo había bautizado oficialmente con ese nombre– demoraba, estrechamos las tímidas y lánguidas manos de las mujeres que compartían el escenario, mientras el atardecer traía un manto de paz infinita y el augurio funesto de que nuestro hombre chupara más que una esponja. Un pequeño bidón de tres litros de ginebra paraguaya que empinaba con frecuencia alarmante, iba transformando la personalidad del individuo que, afortunadamente, tenía “el trago pacífico”. Como la cena transcurriría rodeando el fogón, única fuente de iluminación junto con un candil cuya luz se parecía a la de un fósforo, nos sentamos en unos tocones y desplegamos nuestras vituallas mientras en una marmita tiznada por los años se cocinaba un dudoso guisote. Carlos acomodó, a falta de mesa y en medio de la penumbra, algunos panes frescos sobre un saliente de la tirantería mientras abría un par de latas para tratar de llegar a la “cena” sin apetito. Pero cuando estiró el brazo para tomar un pan, interrumpió el festín de una legión de cucarachas que literalmente lo cubría, al tiempo que a la luz de la linterna alcanzamos a ver a la bandada en retirada. Haciendo de tripas corazón dejamos que la comida transcurriera en medio de un diálogo de sordos, ya que los alegres chillidos y monosílabos de las mujeres y un balbuceante Talavera, componían un espectáculo surrealista. Pero como todo pasa, llegó la noche y tendimos nuestras colchonetas a un costado del rancho. En el silencio nocturno oíamos claramente a las vinchucas cumplir con su rutina lanzándose desde el techo al piso sin escalas, lo que añadió motivos para felicitarnos por haber esquivado la posibilidad de dormir adentro. Si bien es cierto que muy pocos de estos insectos están infectados y trasmiten el Chagas, no era cuestión de desafiar al destino.
Al amanecer nos despertó el ladrido de los perros y el sonido del hacha partiendo leña, con nuestro hombre asombrosamente lúcido y sin vestigios ni resaca gracias a su increíble capacidad para consumir alcohol sin más consecuencias que un estado de obnubilación semi permanente. El rancho estaba a metros del bañado, sobre el terreno seco que se elevaba suavemente hacia la costa del río que corría a unos doscientos metros, mientras el bosque que nos rodeaba formaba una espesa selva tropical donde podían verse numerosos monos caí que gritaban saltando de rama en rama acostumbrados a la presencia de la familia. El sotobosque, que desde el aire nos pareció impenetrable era bastante despejado y permitía el tránsito sin mayores dificultades, por lo que no tardamos en internarnos para disfrutar de las aves silvestres entre las que predominaban enormes cacatúas, papagayos y loros de vivos colores. Varias veces nos cruzamos con enormes comadrejas overas que se perdían entre los arbustos y escuchamos el ruido de animales grandes que como fantasmas se movían en las sombras. De regreso encontramos a Talavera empinando el codo y empeñado en que echáramos un trago que finalmente no pude despreciar. Era para aprendices de lanzallamas. No sé cuantos grados tendría el brebaje, pero sí que me dejó esterilizado de por vida.
Al día siguiente comenzamos los preparativos para internarnos en el pantano. La primera advertencia fue reemplazar los borceguíes por zapatillas que ajustamos con un agujero en el contrafuerte del talón por donde pasamos una piola atada por delante, y otra debajo de la suela sujeta sobre el empeine. Deberíamos caminar desde el arranque metidos en el pantano donde el barro succiona el calzado que, si no está bien sujeto, se pierde. Con la mochila al hombro cargada con toneladas de repelente y algo de comida, entramos a la laguna. En instantes, la alfombra verde que desde el aire parecía una campiña inglesa se transformó en un infierno húmedo donde la pared de juncos competía con la de mosquitos para impedirnos el paso. Con el agua fluctuando desde los tobillos hasta las entrepiernas nos desplazábamos detrás de Talavera que, extrañamente, llevaba al hombro una caña tacuara de unos cinco metros de largo. De a ratos se detenía reclamando silencio con la mirada y aprovechaba para echar un trago del botellón que llevaba en la cintura.
Después de una hora de marcha que me pareció un siglo, se detuvo señalando la espesura. Al dejar de chapotear en el agua el silencio nos acercó el ruido inconfundible de animales que se movían muy cerca, aunque la cortina verde no nos dejaba ver más allá de tres o cuatro metros. Tomé conciencia entonces que nuestras ilusiones de avistajes eran sueños que jamás se harían realidad. En medio de la momentánea quietud, Talavera demostró para qué había traído la caña. Casi sin ruido, la paró enterrando una punta en el barro y luego, aprovechando los nudos donde había dejado los brotes como escalones, trepó como un mono, y no es ni peyorativo ni exagerado. En instantes subió unos cuatro metros para ver el panorama. A menos de 20 metros tenía a una manada de ciervos con dos machos. Bajó entonces para cedernos el lugar. Talavera había trepado sin ayuda mientras que nosotros, que lo intentamos mientras dos sujetaban la caña, al llegar al segundo escalón dimos de traste con el barro. Volvimos a caer una y otra vez hasta que, empapados, avergonzados y furiosos aceptamos nuestra derrota ante las risas del paisano que no podía entender que no fuéramos capaces de llegar siquiera hasta la mitad de la caña. En resumen, con el bochinche y la charla, los ciervos se alejaron y quedamos desconsolados. No podía creer que estando rodeados de ciervos no pudiéramos verlos, lo que destacaba la protección natural de que gozan. Con la imagen de Talavera meneando la cola para mantener el equilibrio –ese era el secreto de la trepada–, descansamos un buen rato hasta reunir el ánimo suficiente y seguir adelante.
Con la derrota y el cansancio a cuestas, regresamos a la “mansión” hechos un desastre, y luego de un baño en el río que junto con la mugre se llevó un poco de nuestra tristeza y cansancio, regresamos para compartir la tertulia frente al auditorio femenino presidido por el “cacique” Talavera. Así, entre dudas y sombras idiomáticas, nos enteramos que la familia estaba compuesta por la mujer de más edad que era la madre de la que la seguía y ésta la mamá de la que había tenido a la bebita. Como en la isla jamás pisaba otro hombre que no fuera Talavera, no fue difícil concluir que el hombre era un semental que no respetaba pelo, marca ni parentezco. También supimos de sus viajes cada dos meses hasta un poblado a 30 km aguas arriba, que visitaba con precisión suiza: era para efectuar sus trueques, centenares de cueros de nutria, lobito de río, carpincho y volteos de cornamentas por una carga completa de vituallas. Como la carne silvestre sobraba en la isla, la mercadería adquirida se repartía un tercio entre harina, grasa, fideos, polenta y algún embutido, y los dos tercios restantes en botellones de ginebra. Así de sencilla era la cuenta. Los cueros representaban centenares de dólares y la comida apenas unos pesos aportados por el “turco” que lo esperaba con los brazos abiertos. El largo viaje con la corriente en contra demandaba dos días de remo y una noche de descanso, que si bien se abreviaban notoriamente al regreso, no dejaba de ser toda una proeza que tenía como premio una reserva segura del preciado licor.
Así las cosas, como debíamos esperar un par de días hasta la llegada del rescate, aceptamos meternos nuevamente en el pantano, aunque con intenciones de pescar en la laguna plagada de dorados, surubíes y pacúes prisioneros después de las grandes crecidas. Era una forma de no volver “zapateros”. El guía llevaba una caña con su sedal y boya preparados, y nosotros sendos rollos de piola bastante gruesa, con un corcho a manera de flotador.
La laguna no era demasiado profunda, ya que nos internamos bastante sin que el agua nos llegara más arriba de la cintura, tratando de acercarnos a los borbollones que se dibujaban en la superficie que, por el tamaño, hacían suponer peces “¡así de grandes!”. Los intentos se sucedieron hasta que uno de ellos se produjo tan cerca que dejó ver el lomo que imaginamos era de un surubí.
“¡Qué surubí!”, dijo Talavera, “es una lampalagua”.
No terminó de decirlo cuando ya estábamos entre los juncales despotricando contra el paisano que no nos advirtió del peligro que, según él, no era tal ya que se trata de boas inofensivas. Nos olvidamos de la pesca y retornamos, para variar, otra vez derrotados.
En el camino, y como premio consuelo, nuestro guía abatió con su vetusto rifle .22 a un par de patos enormes que más tarde cocinó como los dioses, y el último día de nuestra estadía , Carlos, guiado por el baquiano, se dio el gusto de cazar un pecarí de collar con el rifle de Talavera que, adobado, terminó en el horno de barro.

     
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